El hecho de que una mujer trabaje fuera del hogar –tanto si esta decisión responde a una necesidad real de contribuir con el presupuesto familiar o de asumirlo de forma exclusiva, como si obedece al ejercicio de un derecho auténtico de desarrollarse en el plano profesional– no determina necesariamente su ejecución como madre.
Es decir, no podemos asegurar que quedarnos en casa nos haga mejores madres, como tampoco que tener un trabajo remunerado nos convierta en madres inefectivas o descuidadas.
Los resultados parecen estar asociados más bien al grado de satisfacción que se deriva de la decisión tomada y a la capacidad para establecer límites saludables.
Lo que es conveniente valorar es cómo se pueden llenar, de un lado, las necesidades de afecto, atención y cuidado de los niños, y del otro, las de la madre, tanto en términos económicos como de aspiraciones personales.
Algunos elementos que pueden ayudar en la búsqueda de este difícil balance se relacionan con el manejo del tiempo y los niveles de exigencia autoimpuestos.
Es importante diferenciar en lo posible el tiempo de trabajo y el de mamá. En algunos períodos, el trabajo puede prolongarse más allá de lo conveniente o deseable; esto no tiene que ser grave, siempre que no se convierta en lo habitual y podamos recuperar el tiempo con los niños una vez superada la situación laboral particularmente demandante. De igual modo, una crisis familiar por enfermedad o un evento importante de los hijos puede restar espacio al trabajo, que luego puede compensarse.
Las expectativas poco realistas que algunas madres tienen respecto de sí mismas y del desempeño de los distintos roles –madre, esposa, ama de casa, profesional, entre otros– suelen generar altos niveles de estrés. La idea de que no podemos equivocarnos y la resistencia a delegar tareas y compartir responsabilidades, provocan sobrecarga, ansiedad y sentimientos de estar constantemente en falta.
Los ejemplos abundan: queremos tener la casa impecablemente ordenada, pasar tiempo agradable con los niños, supervisar cada tarea escolar, al tiempo que asumimos cada vez más responsabilidades en el trabajo y aún deberá quedar espacio para la pareja y el cuidado personal.
Ciertamente todo esto es muy importante. La pregunta es: ¿tenemos que alcanzar la máxima puntuación en todo, al mismo tiempo? Tal vez hay un momento en que los asuntos laborales tendrán que ser priorizados, otra vez deberá ser la función de madre, la vida en pareja o el tiempo individual.
Estar alerta para evitar las actitudes perfeccionistas y los sentimientos de culpa que se producen cuando cometemos errores o no alcanzamos los estándares impuestos por nosotras mismas o por otros, en alguno de los renglones, nos acerca a una vivencia más integral y satisfactoria de las múltiples esferas en que nos desenvolvemos. En general, esto contribuye a mejorar el clima familiar, haciendo las relaciones con nuestros hijos más gratificantes y permitiéndonos disfrutar las distintas etapas de su desarrollo.