Por Alina Abreu.
Directora del Ballet Clásico Alina Abreu
Desde los inicios de su existencia, el ser humano se comunica con sus semejantes a través de manifestaciones artísticas con las que expresa sus emociones.
La danza está en la raíz de las experiencias de los seres humanos. Es un impulso que nos acompaña durante toda la vida, y que se acentúa en la etapa de la mente absorbente del niño, es decir, desde que nace hasta los 6 años.
En el momento en que el niño se para sobre sus pies, el movimiento se convierte en el principal elemento de su aprendizaje, llenándolo de energía. Antes de que pueda utilizar sus palabras, ya tiene ritmo interior. Solo le falta el medio ambiente propicio para alimentar ese talento, que no es hereditario, sino que se desarrolla a partir de los estímulos a que los niños sean expuestos.
La danza es una disciplina eminentemente práctica que fomenta el desarrollo de una serie de características, hábitos y habilidades como:
• Disciplina
• Buena postura
• Perseverancia
• Coordinación motora
• Capacidad interpretativa
• Creatividad
• Sensibilidad
• Respeto al prójimo…
Un aspecto muy importante es que, a través del movimiento corporal, se canalizan los aspectos perturbadores de la personalidad y se fortalece la autoconfianza. De esta manera, la danza contribuye a la formación de seres humanos equilibrados, bien adaptados y útiles a la sociedad.
Además, la práctica de la danza incentiva las capacidades que favorecen el estudio de las ciencias, la matemática y el desarrollo de los hábitos de lectoescritura.
Con perseverancia podremos lograr artistas danzarios. El talento se hace con años de esfuerzo y dedicación. La insistencia, la perseverancia, la paciencia y dedicación son las claves del éxito.
La danza en los niños es parte de su lenguaje y les permite expresar libremente sus sentimientos y emociones. Es fundamental que esta actividad se realice en un espacio en el que se respete la diversidad y se pueda ejercer la libertad.