Digámosle a nuestros hijos cuanto los amamos y cuanto valen para nosotros.
Cuando hablamos de programación lo primero que nos pasa por nuestra mente es la idea de pensar en una computadora.
Las computadoras guardan toda la información que vamos archivando en ella y podemos instalarles programas que nos permitan realizar una determinada función.
Así mismo funciona nuestro cerebro y la programación que tenemos empieza desde el vientre de nuestra madre. Por eso de bebés reconocemos cualquier sonido o voz que escuchábamos antes de nacer.
Desde luego que a nuestros hijos tenemos que corregirlos, pero hay que tener mucho cuidado con las palabras que utilizamos. Por ejemplo, si le dices a tu hijo que no sirve para nada, si le llamas gordo aunque sea de cariño, ya esa información se va procesando y a largo plazo se puede convertir en una realidad.
No es solo las palabras que decimos, sino también todo lo que ven en el entorno que les rodea.
Si un bebé crece en un ambiente donde los padres viven discutiendo e irrespetándose mutuamente probablemente cuando crezca va a buscar inconcientemente este tipo de relación por la programación que tiene. Es por esto que de adultos solemos caer una y otra vez en un determinado tipo de relación o con cierto tipo de persona, pues, lo que estamos buscando es ser fiel a nuestro patrón de familia.
Desde que somos concebidos vemos a nuestros padres como lo mejor, a quienes queremos seguir y de quienes buscamos aprobación, por esto si nuestros padres nos dicen que no valemos, eso se va a manifestar en nuestras experiencias de vida.
La buena noticia es que con este conocimiento ya sabemos que también la programación puede ser positiva y lo positivo siempre tiene más fuerza.
Digámosles a nuestros hijos cuanto los amamos, cuanto valen y hagámosles entender que si por algún motivo o comportamiento de ellos nos disgustamos, eso no tiene nada que ver con todo lo que valen.
Por la programación orientada hacia el fracaso es que muchas veces nos estancamos en la vida, porque lo que escuchábamos en nuestros hogares era que no lo íbamos a poder lograr o que no éramos lo suficientemente listos y a veces luchamos y luchamos y las cosas nos cuestan.
Un ejemplo de esto es cuando tal vez con apenas un año de vida si intentábamos caminar se nos hacia entender que podíamos caernos con facilidad y nuestros padres nos transmitían esa inseguridad.
De ninguna manera se busca culpar a los padres, pues ellos hicieron lo mejor que pudieron y no tenían este conocimiento.
Es porque ese pensamiento, al cual se le puede llamar pensamiento patrocinador, que esta muy adentro y profundo en el inconciente, actúa como una vocecita lejana pero que tiene mucha fuerza.
Da gracias a DIOS por esta información que hoy llega a tu vida y pide que las palabras que salgan de tus labios hacia tus hijos siempre estén dotadas de amor, incluso cuando sean para corregir y poner límites. Recuerda que a fin de cuentas la intención es lo que vale.