Los padres debemos acompañarlos en este proceso pero sin intervenir demasiado. La mejor forma de hacerlo es creando oportunidades para que jueguen con otros niños llevándolos al parque, a la plaza, invitándolos a la casa…
Junto a la familia, la guardería y la escuela son las principales fuentes de socialización. En estos centros, a diferencia de lo que ocurre en el hogar, el niño o la niña es uno más y se enfrenta a una serie de conflictos que le ayudan a crecer y madurar. Debe compartir, esperar su turno, seguir unas normas...
Para algunos es muy sencillo hacer amigos, pero a otros se les dificulta por diversas razones. Esto depende mucho de la estimulación que reciban de su familia y del ejemplo de los padres. Un niño que imita un comportamiento agresivo o intolerante que se produce en el hogar tendrá dificultades para relacionarse. En cambio, los niños de hogares armoniosos donde existe una interacción cálida y respetuosa tienden a hacer amigos fácilmente.
Al margen de la mayor o menor habilidad para interactuar con otros niños, las amistades infantiles, así como son una fuente de dicha y felicidad, también están llenas de tensiones, de decepciones… Como la vida misma. Los amigos se pelean, se celan entre ellos, luchan por el poder…
Cuando surgen conflictos debemos animarlos a que los analicen y actúen por sí mismos, intentando encontrar sus propias salidas. Así, el niño entenderá que lo apoyamos, pero que es él el que debe enfrentar la situación. Y los padres, en lugar de preocuparnos excesivamente, haremos mejor viendo los conflictos como lo que son: parte de su aprendizaje vital.
El papel de los padres
· Podemos animarlo a que se una al juego de otros niños comentándolo positivamente y sugiriendo que pregunte si puede jugar. Lo que no se recomienda es intervenir pidiendo que lo incluyan, pues así no le estamos dando la oportunidad de practicar sus habilidades.
· Es conveniente no forzar al niño ni etiquetarlo. A la edad de 2 o 3 años tal vez le cueste compartir sus juguetes, pero este problemita desaparecerá luego. O puede que no se sienta cómodo todavía en un grupo pero sí jugando en pareja. Debemos respetar sus procesos y darle tiempo, aunque sí es necesario señalar el comportamiento adecuado.
· Si nuestro hijo tiene dificultad para hacer amigos, pero no sufre por ello, puede ser que todavía esté un poco inmaduro, por lo que simplemente hay que dejarlo. En cambio, si se siente triste es el momento de intensificar nuestros esfuerzos: podemos invitar a otros niños a la casa, frecuentar familias con niños de su edad, solicitar a su maestra que lo siente al lado de algún compañero muy amistoso o inscribirlo en una actividad deportiva de grupo que sea de su agrado.